SONOMA
Entradas: General 20 € Anticipada 18 €. Idea y dirección artística: Marcos Morau Coreografía: Marcos Morau en colaboración con las intérpretes Intérpretes: Lorena Nogal, Marina Rodríguez, Sau-Ching Wong, Ariadna Montfort, Núria Navarra, Àngela Boix, Laia Duran, Anna Hierro, Alba Barral Texto: El Conde de Torrefiel, La Tristura y Carmina S. Belda “Si hay cielo, está aquí y ahora." Luis Buñuel Sonoma es una palabra que no existe en el diccionario de la lengua española. Sin embargo, contiene las partículas del griego soma (“cuerpo”) o del latín sonum (“sonido”): Cuerpo de sonido y sonido del cuerpo. Hoy vivimos la Historia a toda prisa, tan rápido, a un ritmo tan acelerado que apenas podemos seguirla. De hecho, ya nadie sabe bien qué está sucediendo. Se podría decir que básicamente caemos hacia adelante, y durante esta caída acelerada -como en una montaña rusa- gritamos. Sonoma sería ese sonido del cuerpo mientras cae, la rabia del ser humano por seguir creyendo que estamos vivos, que seguimos despiertos. Sonoma es entonces el grito del hombre sometido a este ritmo, límite de su existencia, del que sale el aullido primitivo del cuerpo, el pulso de la humanidad por sobrevivir y por sentirse viva. Por existir, aunque sea al límite de la realidad, o por encima de ella. Sonoma es la certeza de que lo virtual y lo digital ya solo pueden ser superados por una vuelta al origen. Marcos Morau retoma las ideas esenciales de la pieza que creó en 2016 para el Ballet de Lorraine: “Le Surréalisme au service de la Révolution”, a partir de la figura de Buñuel, alrededor de la Calanda medieval y el París cosmopolita, entre la disciplina jesuítica y la libertad surrealista. Ahora todo ese microcosmos se desarrolla y se amplía en Sonoma, para su proyecto con La Veronal. Sonoma nace de la necesidad de volver al origen, al cuerpo, a la carne. Y desde la carne y la materia orgánica perderse en un viaje entre el sueño y la ficción donde lo humano se encuentra con lo extraordinario. Para hacer extrañas las cosas más cotidianas, renunciando a construir significados, dejando que los signos germinen y proliferen solos; comunicándose con las capas más irracionales de cualquier humano, allí donde lo unido pide a gritos separarse, y lo separado busca siempre volver a unirse. Porque Sonoma tiene también otra acepción, en lengua indígena significa: Valle de la Luna. Según el mito, la luna viene a acurrucarse en sus llanuras cada noche. Y allí los gritos, los alaridos y las detonaciones de los tambores conforman un pulso hipnótico, como el de una nana infantil que, lejos de sobreestimularnos, nos acompaña y nos calma. Buñuel no ha sido nunca tan actual: pudo ver perfectamente lo que nos deparaba el futuro cuando encontró en el ruido de los tambores de Calanda y todo el Bajo Aragón, ese grito dirigido sin rodeos a las vísceras. Porque Buñuel ya estuvo aquí, escuchando cómo suena el abismo que se abre cuando es libre la imaginación humana pero no es libre el hombre.